Fetiche, Fetichista, Fetichismo

Fetiche, fetiche, fetiche, fetiche, fetiche, fetiche, fetiche. Fetiche es una de esas palabras que cuando la repites muchas veces seguidas deja de tener sentido alguno.

Hoy voy a hablaros de lo que creo que son mis dos fetiches más raros. Pero antes vamos a establecer qué es un fetiche, así los que hayan llegado hasta aquí buscando alguna historia guarrilla de bondage y juguetitos sexuales se pueden ir a Forocoches a seguir con una búsqueda más productiva.

Para mi sorpresa inmesa he acudido a la RAE, fuente de toda sabiduría, a consultar qué es exactamente un fetiche y he encontrado una sola acepción que no se acerca ni lo más remotamente a lo que yo tenía en mente. Dice así:

Fetiche.

(Del fr. fétiche).

1. m. Ídolo u objeto de culto al que se atribuye poderes sobrenaturales, especialmente entre los pueblos primitivos.

Ya está. En cambio la  segunda acepción de la definición de fetichismo ya se acerca bastante más a lo que yo quiero compartir.

Fetichismo

2. m. Idolatría, veneración excesiva.

Mi primer gran fetichismo son las caligrafías ajenas. Habéis leído bien: soy fetichista de caligrafías ajenas.

Esta es una idolatría o veneración excesiva (vamos a ser pedantes) a las letras escritas a mano de otras personas. No sé si sabréis de más gente que sienta algo parecido, pero en mi caso, hay letras de personas de las que me quedo prendada nada más verlas. No sólo las letras o las palabras, también las composiciones textuales o incluso la manera de sujetar el bolígrafo. Es una obsesión de la que fui consciente muy temprano, cuando estaba en el colegio. Al principio lo que hacía era mirar con envidia y admiración cómo mis compis de clase escribían sus deberes. Sobre todo me gustaban las letras de las niñas, porque las chicas solemos (por lo general) ser más organizadas y limpias con nuestros trabajos que los chicos.

Yo espiaba (no en plan psicópata, lo hacía disimulabamente) a las niñas de mi clase en primaria, secundaria, bachillerato y ya más adelante en la universidad, y comprobaba cómo escribían, qué letras les salían mejor o peor, si se torcían al escribir, si apretaban mucho el boli…

Me obsesionaban las letras ajenas hasta el punto de que le he llegado a pedir a amigas mías, cuyas caligrafías me encantaban, que me dieran las hojas de sus apuntes que ya habían pasado a limpio para guardarlas. Tenía como una colección de hojas de apuntes sueltos o notas en papeles a sucio llenas de garabatos y frases que no me importanban nada. A veces les pedía que me escribieran en la agenda cosas como los deberes, o sus cumpleaños, o las quedadas que hacíamos y después los miraba a menudo. Era como una inspiración para hacer cosas bonitas.

Cuando conocía a una persona -y esto aún lo hago- y la veía escribir por primera vez siempre me fijaba en cómo lo hacía. Y no tenía ningún reparo en decirle lo que me gustaba su letra. A veces digo que soy fetichista de letras y la gente se ríe. Obviamente yo no creo que haya nada de malo en que me gusten las caligrafías de otras personas. Lo encuentro divertido y la gente a mi alrededor también al parecer, pero dudo que mis amigas sean conscientes ahora de hasta qué punto me obsesionaba por su forma de escribir.

Y además era una obsesión increíblemente frustrante porque trataba de imitarlas constantemente. Cuando quería redactar o tenía que hacer las tareas de clase me ponía las hojas que más me gustaban a un lado y las miraba una y otra vez copiando la forma de escribir las letras, la forma de unirlas, la inclinación de las eles y las tes, la dirección de los acentos y hasta la distancia a la que estaban los puntos de las íes. Por supuesto después de mucho intentarlo había caracteristicas que ya asimilaba hasta convertirlas en parte de mi propia caligrafía, pero había otras que eran superiores a mí y siempre acababa dejándome llevar y escribía con mi letra normal.

mi letra

Cuando yo misma escribía algo, sin darme cuenta, y la letra me salía diferente, más bonita y estilizada, la rodeaba con lápiz para no perderla y a veces hasta llegaba a poner un post-it para señalar la hoja en la que la había escrito.

Recuerdo una vez que, dentro de un libro que cogí en la biblioteca de la universidad, encontré una ficha de esas que tienes que rellenar cuando vas a sacar un libro poniendo el título, el código, la fecha y más cosas y que tienes que entregar para que sepan que lo has devuelto. Bueno, pues en esa ficha había una de las letras de chica más bonitas que yo he visto. Era equilibrada, redonda, con una separación milimétrica exacta entre las letras y un trazo firme.

Esa ficha la tuve durante mucho tiempo clavada con una chincheta roja en mi corcho y cuando tenía que pasar a limpio mis apuntes la miraba y trataba de imitar las letras… Pero sin éxito, claro. La escritura de una persona es parecida a su huella dactilar y es muy difícil de calcar. Sobre todo en grandes extensiones.

Mi otra obsesión quizás os parezca incluso más rara. Soy fetichista de formas de comer ajenas. Así de primeras igual pensáis: Esta Señorita Leo está como un cabrito… Pero es que cuando os cuente de lo que va igual hasta me renegáis. Es broma, estoy exagerando. Es posible que haya personas que me cuenten que ellos tienen fetiches parecidos.

Esta manía mía viene del cine, creo. A mí nunca me parece una comida más deliciosa que cuando la veo representada en las películas o en las series. También de pequeña me encantaba fijarme en la forma de comer que tenían los personajes y las personas a mi alrededor. Observaba atentamente su manera de coger los cubiertos, de cortar la comida, de llevarse la cuchara o el tenedor a la boca y hasta miraba por qué parte del plato empezaban a comer. Después yo misma les imitaba hasta que dejaba de acordarme de que lo estaba haciendo y volvía a mis maneras. Porque es que era un proceso que había que disfrutar muy lentamente y perdía mucho tiempo controlando mis movimientos.

Recuerdo concretamente dos escenas de dos películas que son las que se me vienen ahora mismo a la mente. Después y antes ha habido muchas más y mil formas de comer, pero estas son curiosas.

La primera es la escena de Mary Poppins cuando los niños y ella tienen que tomarse una cucharada de jarabe para no resfriarse. Vale que yo lo hacía con la sopa y no con jarabe, pero igualmente aquello se me quedó marcado en la mente cuando no era más que un moco.

¿Imagináis comeros un plato de sopa con los reflejos de un moco de 5 años levantando el codo y envinzcando los ojos…? Aquello me duraba tres cucharadas y ya. Además, la frase de la menta, la fresa y el ponche también las repetía, así yo solita me montaba el diálogo, entonaciones y gritito incluidos cada vez que iba a tomar una cuchara. Aquello no tenía futuro.

Y la segunda escena viene de la película Daniel El Travieso, en la versión de 1993. En ella el señor Wilson (Walter Matthau) preparaba una barbacoa con hamburguesas y en un despiste Danielito la liaba bien liá y lo empringaba todo de pintura, que caía justo encima de la carne… Pero el bueno de Wilson no se enteraba hasta que se disponía a comer la hamburguesa.

No sé si fue la forma de cortar la carne, de llevársela a la boca o de masticarla mientras decía: Sabe a pintura… y a madera… Pero ese momento era otro de los que repetía sin cesar cada vez que teníamos hamburguesa o cualquier otro tipo de filete para comer. Mi madre me ha contado que por aquel entonces yo aún no me cortaba la carne sola, pero que desde esa película siempre quería hacerlo yo para poder repetir mi numerito.

Con esta obsesión soy mucho más discreta. No me acerco a la gente a decirles: Oye, me mola tu forma de comer. ¿Puedes comerte una de mis patatas para ver cómo lo haces y así poder imitarte después? NO, eso obviamente no lo hago. Como mucho miro discretamente. Aunque, de todas formas, la manera de comer en el cine me sigue pareciendo más especial que la de las personas que me rodean.

Ahora igual me decís algo así como que debería presentarme a un programa rollo Mi extraña obsesión jajaja No pasa nada, os entiendo, y me la sigue sudando :)

Os dejo con el cortometraje de Andy Warhol sobre el día en que se comió una Whopper del Burguer King y se quedó más pallá que pacá.

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